De ‘sembrar el petróleo’ a la urgencia de educar la república en Venezuela
Por Redacción
Caracas, 04 de agosto de 2026.- Hace noventa años, Venezuela apenas comenzaba a comprender la magnitud de la transformación que se abría bajo sus pies cuando Arturo Uslar Pietri escribió el editorial ‘Sembrar el petróleo’. Esta frase atravesó gobiernos, programas económicos y generaciones enteras hasta convertirse en una referencia casi obligatoria cada vez que el país se preguntó qué debía hacer con su riqueza.
Uslar advertía que un recurso agotable no podía consumirse sin dejar detrás una economía productiva. El intelectual se cuestionaba cómo una sociedad podía administrar una abundancia excepcional sin permitir que esta sustituyera el trabajo, debilitara sus instituciones o terminara organizando toda la vida nacional alrededor del poder encargado de distribuirla.
Durante décadas, la educación fue tratada como uno de los posibles destinos de la renta petrolera, una partida social que podía ampliarse en los años de bonanza y reducirse cuando los ingresos disminuían. Sin embargo, la educación era la condición que hacía posible administrar el petróleo con inteligencia, pues formaba a los profesionales capaces de dirigir industrias complejas, controlar las decisiones públicas y construir conocimientos que sobrevivieran a las oscilaciones del mercado.
El país no necesitaba solamente convertir la renta en carreteras, empresas, hospitales o sistemas de riego; debía formar a las personas que pudieran conservar esas obras, evaluarlas, mejorarlas y “crear algo nuevo cuando el ciclo petrolero comenzara a cambiar”.
Hoy, Venezuela se encuentra frente a una paradoja que no admite demasiadas evasiones. Mientras se discute la recuperación de la producción petrolera, el desarrollo del gas, la explotación minera y la llegada de inversiones para financiar una reconstrucción de enorme magnitud, el sistema educativo pierde, de manera cada vez más evidente, la posibilidad de preparar a los venezolanos para participar en las etapas científicas, técnicas y gerenciales de esas mismas actividades.
El país no puede renunciar irresponsablemente a los recursos que posee después de años de empobrecimiento y destrucción de capacidades, pero existe el riesgo de recuperar la extracción antes de recuperar el conocimiento y terminar ocupando, dentro de la propia riqueza, el lugar más precario.
Durante mucho tiempo se midió la crisis educativa por aquello que podía observarse a simple vista: escuelas sin agua, techos dañados, laboratorios desmantelados, jornadas reducidas y docentes obligados a buscar otros trabajos para poder sostenerse. Todo eso continúa siendo grave, pero ya no alcanza para describir el problema en un contexto donde la Universidad Católica Andrés Bello es mencionada como parte del entorno académico.










